| Una reflexión
para obispos, clérigos y fieles de la Comunión
Anglicana
La Comunión Anglicana: ¿Una Iglesia
en Crisis?
Ante la pregunta: ¿En qué consiste la
actual tensión en la Comunión Anglicana?,
muchas personas creen estar seguras de saber la respuesta,
y es que el asunto gira en torno a ordenar como obispos
a mujeres y también a personas homosexuales practicantes.
Al respecto, la Iglesia en Norteamérica está
a favor, otros en el mundo están en contra, y
la Iglesia de Inglaterra, como es usual, no está
segura.
Es cierto que la elección de un homosexual practicante
como obispo en los EE.UU. en el ano 2003 fue en gran
medida el detonante del presente conflicto. Pero también
es cierto, sin duda, que mucha de la pasión que
se ha añadido al conflicto, tiene su origen en
los prejuicios y la ignorancia inherentes en algunos
sectores de la sociedad, y en que para muchos, dentro
y fuera de la Iglesia, el tema es claramente acerca
de los derechos y la dignidad de los seres humanos.
Pero el debate en la Comunión Anglicana no es
esencialmente un debate acerca de los derechos humanos
de las personas homosexuales. Sin lugar a dudas tenemos
como Iglesia que dar el más absoluto respaldo
a la defensa de los homosexuales ante la violencia,
la intolerancia y las desventajas legales que padecen
y apreciar el rol que han jugado en la vida de la misma,
pero aún así, hoy tenemos que admitir
que eso no responde a la pregunta la pregunta de sí,
la Iglesia Cristiana, sobre la base de sus enseñanzas
históricas, y de la Biblia, tiene facultad para
bendecir uniones homosexuales, como clara expresión
de la voluntad de Dios. Cuando los cristianos discuten
el tema, es un hecho que solo una pequeña minoría
responde afirmativamente a la pregunta
A menos que uno piense que asuntos de carácter
religioso puedan resolverse por medio de consideraciones
sociales y legales, lo cual seria un pensamiento bastante
riesgoso si uno también cree en una real libertad
de opinión dentro de una sociedad diversa como
la nuestra, debe reconocerse que las instituciones religiosas
tienen el derecho de lidiar con el tema, en sus propios
términos.
Los argumentos que se esgriman deben tener como base
común la Biblia y la enseñanza histórica
de la Iglesia. Además, para aclarar algo que
puede haber quedado oscurecido en medio de la retórica
sobre la 'inclusión', este no es y nunca debiera
ser un problema acerca de la contribución de
las personas homosexuales y lesbianas a la iglesia de
Dios y su ministerio, ni acerca de su dignidad y valor.
En lugar de lo anterior, lo que es un problema, doloroso
y difícil para muchos, es lo que se refiere a
qué tipos de conductas puede aceptar y bendecir
una Iglesia que busca ser leal a la Biblia. Y también
sobre que tipos de conducta ella debe prevenir a sus
fieles, y por lo tanto, es un problema sobre cómo
tomamos decisiones como un cuerpo, cuando buscamos juntos
discernir la mente de Cristo, a medida que compartimos
el estudio de las Escrituras.
Toma de decisiones en el Anglicanismo
Aquí es donde surge el meollo del asunto para
los anglicanos. ¿Cómo vamos a lidiar con
el tema en nuestros propios términos? Lo que
la mayoría de los anglicanos en el mundo han
dicho es que no ayuda actuar como si el asunto hubiera
sido resuelto, cuando en realidad no es así.
La verdad que, a pesar de resoluciones y declaraciones
de intención, el proceso de “escuchar la
experiencia” de personas homosexuales no ha avanzado
muy lejos en la mayoría de nuestras Iglesias,
y que para muchos la discusión sigue dándose
a un nivel muy básico. Pero la decisión
de la Iglesia Episcopal de los EU de elegir a un homosexual
practicante como obispo fue tomada sin que ni siquiera
la misma Iglesia estadounidense, que ha tenido bastante
discusión sobre este tema, haya decidido normalmente
como Iglesia local, lo que piensa sobre la bendición
de uniones del mismo sexo.
Hay otras causas de división, por supuesto,
como la legitimidad de la ordenación de mujeres
al presbiterado y al episcopado. Pero, como se olvida
frecuentemente, la Conferencia de Lambeth (1988) resolvió
que, por el momento, aquellas iglesias que ordenen mujeres
al presbiterado y al episcopado y aquellas que no lo
hacen, tienen el mismo lugar dentro del espectro anglicano.
Mujeres obispas asistieron a la ultima Conferencia
de Lambeth (1998) y hay un reconocimiento bastante general,
aunque no universal, de que las diferencias sobre el
tema pueden entenderse dentro del espectro de diversidad
manejable sobre lo que la Biblia y la tradición
permiten.
Sobre el tema de elegir homosexuales practicantes como
obispos, no ha habido tal acuerdo, y sería razonable
buscar un consenso mucho más amplio y profundo
antes de implementar algún cambio y, en ningún
caso, se debe dar por terminado el debate, por el hecho
de haber ordenado a alguien que, independientemente
de sus méritos personales, estuviera participando
de una unión homosexual en ese momento.
Las recientes resoluciones de la Convención
General de ECUSA no dan una respuesta satisfactoria
a los desafíos del Informe de Windsor, pero relacionado
con este tema específico, hay que reconocer por
lo menos, que se reconoció la gravedad de la
situación por la manera tan ardua como se trabajó,
para dar forma a la redacción final de sus resoluciones.
Muchos en la Comunión Anglicana quisieran ver
que el debate sustancial del problema ético se
hiciera como parte de un proceso general de discernimiento
teológico, pero saben que la acción precipitada
que se tomara en los EE.UU. en el 2003, ha hecho que
dicho debate sea más difícil, porque ha
aumentado las causas de división y ha provocado
que una enorme cantidad de energía se pierda
en una lucha 'política' dentro y entre las Iglesias,
en diferentes partes del mundo.
Sin embargo, hablando en términos institucionales,
sabemos que la Comunión es una asociación
de Iglesias Locales, no una organización única,
con una burocracia controladora y un sistema legal universal.
Siendo así, todo depende de lo que han sido generalmente
acuerdos tácitos de respeto mutuo. Cuando estas
acuerdos se ignoran, no es de sorprenderse que se produzca
una profunda división, en la que la politización
del debate teológico toma el lugar de una reflexión
razonada.
Por lo tanto, si otras iglesias han dicho como consecuencia
de los eventos del 2003, que no pueden permanecer en
plena comunión con la Iglesia norteamericana,
ello no debiera verse automáticamente como una
intolerancia ciega contra los homosexuales. Donde sea
que tal intolerancia se muestre, debe quedar muy claro
que es inaceptable; y si esto no quedara claro, no seria
para nada sorprendente que todo el asunto quede reducido
a los ojos de muchos a una lucha entre la justicia y
la violencia del prejuicio.
Lo que sí están diciendo estas Iglesias
es que, cualquiera que sea el tema de que se trate,
ninguna Iglesia miembro puede adoptar decisiones importantes
de una manera unilateral y esperar que ello no haga
ninguna diferencia en cuanto a como será considerada
esa decisión en la toda la Comunión. Esto
sería tan inadecuado como decir que cualquier
miembro puede redefinir los términos de pertenencia
cómo y cuando le convenga.
Algunas acciones, y en particular las acciones sacramentales,
precisamente tienen el efecto de poner a una Iglesia
fuera, o incluso en contra del torrente central de vida
que ha compartido con otras Iglesias. Esto no quiere
decir que les echamos fuera sin más recurso,
dejándoles en la indefensión, sino que
hay que reconocer que las acciones que tomamos tienen
consecuencias, y que las acciones que creemos de buena
fe que son "proféticas' por su radicalismo,
son las más propensas a tener las consecuencias
más costosas.
Verdad y Unidad
Es cierto que aquello que creemos apasionadamente que
es la verdad, parece, a veces, tener un valor mayor
que la unidad, y de ello tenemos ejemplos emocionantes
e inspiradores en el siglo XX.
Si algunos piensan genuinamente que una decisión,
como la ordenación de un obispo homosexual practicante
es de ese tipo, es comprensible que estén dispuestos
a tomar el riesgo de quebrar una unidad que ellos ven
como falsa o corrupta. Pero el riesgo es real y nunca
es fácil reconocer cuando llega al momento en
que la separación es inevitable y que este es
el tema por el cual uno se mantiene o cae, el gran tema
de la fidelidad al Evangelio. La naturaleza de la acción
profética es tal que nunca se tiene una garantía
sólida de estar en lo correcto.
Pero supongamos que no hay ese nivel de claridad sobre
el significado de algún tema divisivo. Si todavía
también creemos que la unidad es generalmente
una manera de estar más cerca de la verdad revelada.
Al respecto sería bueno recordar, como alguien
ha afirmado que, “solo la totalidad de la Iglesia
conoce la totalidad de la verdad”, como alguien
ha dicho, enfrentamos entonces algunas opciones sobre
que tipo de Iglesia los anglicanos somos o queremos
llegar a ser.
Algunos hablan como si fuera algo absolutamente simple,
y de hecho deseable, disolver las relaciones internacionales,
de modo que cada Iglesia local pudiera hacer lo que
considerase correcto. Esto puede ser tentador. Pero
ignora al menos dos cosas:
Primero, no se da cuenta que el mismo problema y el
mismo principio que aplica entre Iglesias a nivel internacional,
puede aplicarse dentro de las Iglesias locales. Las
divisiones no se dan solo entre cuerpos nacionales a
la distancia, sino que también operan en cada
localidad, y se hacen la misma pregunta: Estamos dispuestos
a trabajar en una vida común que no refleje sólo
los intereses y convicciones de un grupo, sino que trate
de encontrar algo que pueda estar en los intereses de
todos, reconociendo que esto implica variados costos
para todos los involucrados. Sería una tentación
decir: “dejemos que cada Iglesia local siga su
propio camino”, pero una vez que se ha perdido
la idea de que necesitamos intentar permanecer juntos
para encontrar la mayor verdad posible, ¿a qué
recurso vamos a apelar cuando en situaciones locales
se enfrenten serias amenazas de división?
Segundo, esto ignoraría el grado en que ya estamos
unidos con las vidas de otros a través de una
vasta red de contactos e intercambios informales. Estos
no son equivalentes a las relaciones formales de comunión
eclesiástica pero son reales y profundos y serían
mucho más débiles y mucho más casuales
sin esas estructuras más formales. Ello implica
que ninguna Iglesia local, ni un grupo dentro de una
Iglesia local, pueda conformarse en forma complaciente
con lo que su, o sus sociedades consideran adecuado.
La Iglesia mundial no es simplemente la suma total
de comunidades locales. Tiene una dimensión transcultural
que es vital para su bienestar, y sería ingenuo
pensar que se puede sobrevivir sin alguna estructura
que lo haga posible. Sin dudas, una Iglesia local aislada
es menos que una Iglesia global.
Ambos argumentos están en realidad basados en
la convicción de que nuestra unidad nos ha sido
dada antes que existieran nuestras opciones, es decir,
anteriormente a lo que hubiéramos decidido, Jesús
dijo: “Ustedes no me escogieron a mí, sino
que yo los he escogido a ustedes”, y cuando nos
juntamos para celebrar la Eucaristía estamos
diciendo que todos estamos allí, no porque tengamos
méritos para ello, sino porque hemos sido invitados.
EI desafío fundamental con el que frecuentemente
tenemos que luchar prácticamente en todas las
iglesias del mundo de cualquier denominación
es, si estamos reuniéndonos en un acto de Santa
Comunión, una Eucaristía, que trasciende
nuestra localidad o, ¿estamos sólo celebrando
nuestras identidades locales y nuestras preferencias
personales?
La Identidad Anglicana
La razón por la que vale la pena que el anglicanismo
supere estos problemas, es porque ha tratado de encontrar
una manera de ser como Iglesia que, no es ni fuertemente
centralizada, ni tampoco una tradición libre
de cuerpos esencialmente independientes. Somos una Iglesia
que está buscando ser una familia coherente de
comunidades reunidas para escuchar la proclamación
de la Biblia, para partir el pan y compartir el vino
como invitados de Jesucristo, y para celebrar la unidad
en la misión y el ministerio al mundo entero.
Esto es lo que la palabra “comunión”
significa para los anglicanos, y es una visión
que se ha hecho más clara en muchos de nuestros
diálogos ecuménicos.
Es posible, por supuesto, producir una auto engañosa
y arrogante presentación de nuestra identidad
mundial pretendiendo que somos una institución
completamente internacional y universal como la Iglesia
Católica Romana. No lo somos. Pero hemos tratado
de ser una familia de Iglesias deseosas de aprender
unas de otras más allá de nuestras fronteras
culturales, sin asumir que la sabiduría de los
europeos, o de los americanos, o de los africanos, es
la que lo determina todo, abriendo las vidas de todos
los anglicanos de una parte del mundo a las realidades
de las experiencias cristianas en otras partes.
Vemos estos vínculos, no esencialmente de una
manera burocrática, sino a través de un
patrón común de ministerio y adoración,
el de una comunidad que se congrega en torno a las Escrituras
y a los sacramentos, al ministerio de obispos, presbíteros
y diáconos, y a una forma de oración común
centrada en la Biblia, con un énfasis central
en la Santa Eucaristía.
Estos son los signos de que no somos solo una organización
humana sino una comunidad tratando de responder a la
acción y a la invitación de Dios que se
ha hecho real para nosotros en el ministerio de la Iglesia,
la Biblia y los sacramentos. Como consecuencia, tenemos
inquietudes para explorar conjuntamente con el Catolicismo
Romano, debido a su comprensión centralizada
de la jurisdicción y algunas de las actitudes
históricas frente a la Biblia. Igualmente tenemos
inquietudes para compartir con el Protestantismo europeo
clásico y con el Fundamentalismo y el Pluralismo
protestante liberal. Tenemos entonces, una identidad,
aunque ésta sea frágil y provisional todavía,
para ofrecer.
Pero lo que le falta a nuestra Comunión es un
conjunto de estructuras adecuadamente desarrolladas
que sea capaz de lidiar con la diversidad de visiones
que inevitablemente surge en un mundo de rápida
comunicación global y enorme variedad cultural.
Los convenios tácitos entre nosotros necesitan
esclarecerse, no por que lo demande algún mecanismo
de control central, sino para poder estar seguros de
que todavía estamos hablando el mismo idioma
y que estamos conscientes de pertenecer a la Iglesia
de Cristo, Una. Santa, Católica y Apostólica.
Es urgente que decidamos cuales serán las estructuras
adecuadas para tomar decisiones. Necesitamos encontrar
formas de traducir esta comunión sacramental
subyacente aen una realidad institucional más
efectiva, de modo que no nos pongamos en situaciones
difíciles o embarazosas unos a otros, formas
que entorpezcan el camino de nuestra nuestra misión
local y universal, sino que aprendamos como compartir
en esta responsabilidad.
Perspectivas futuras
En nuestra Comunión, la idea de un "pacto"
entre Iglesias locales, que se desarrolle junto al trabajo
que se ha estado haciendo para armonizar la legislación
eclesiástica entre ellas, es un método
que se ha sugerido y que me parece la mejor solución
hacia el futuro. Esto necesariamente sería algo
“opcional”. Aquellas Iglesias que estén
preparadas para aceptarlo, como una expresión
de su responsabilidad para con las demás, limitarán
su libertad local en pos de un testimonio más
amplio, y algunos optarán por no participar en
él.
Podríamos llegar a una situación en que
habrá Iglesias 'constituyentes' en el pacto de
la Comunión Anglicana y otras "Iglesias
asociadas' al mismo, que estarán todavía
unidas por vínculos históricos y quizás
personales y alimentadas de muchas de las mismas fuentes,
pero no ligadas en una sola e irrestricta comunión
sacramental, y sin compartir la misma estructura constitucional.
La relación no sería muy distinta de
la que existe entre la Iglesia de Inglaterra y la Iglesia
Metodista, por ejemplo. Las Iglesias "asociadas"
no tendrán intervención directa en las
decisiones de las iglesias 'constituyentes' aunque bien
podrán ser observadores cuyas opiniones o experiencia
se soliciten o se compartan de tiempo en tiempo, y con
quienes pudieran darse significativas áreas de
cooperación.
Soy consciente que esto deja muchas preguntas sin contestar
dado que las causas de división se dan a través
de las Iglesias locales como también dentro de
ellas, y esto, no sólo respecto a un tema sino
a otros, como por ejemplo, el debate sobre la legitimidad
de la presidencia laica en la Eucaristía que
está teniendo lugar.
Esto podrá significar la necesidad de que las
iglesias locales establezcan una separación ordenada
y mutuamente respetuosa entre elementos “constituyentes”
y “asociados”, pero podría también
significar un desafío positivo para que las iglesias
establezcan lo que consideren que involucra pertenecer
a una comunidad sacramental global, una oportunidad
de redescubrir una obediencia común positiva
al misterio del don de Dios, que no fue un asunto de
coerción desde arriba sino ese "esperarse
unos a otros” que San Pablo recomienda a los Corintios
en su primera carta (11: 33).
No existe la forma en que la Comunión Anglicana
pueda mantenerse inalterable con lo que esta ocurriendo
en ella en este momento. Ni los liberales ni los conservadores
pueden simplemente apelar a una identidad histórica
que no corresponde al momento en que ahora nos encontramos,
tenemos una tradición histórica distintiva,
un compromiso reformado que da prioridad absoluta a
la Biblia para decidir nuestra doctrina, una lealtad
católica a los sacramentos y al triple ministerio
de obispos presbíteros y diáconos, y un
hábito de sensibilidad cultural y una flexibilidad
intelectual que no permite ignorar demasiado rápido
cuestiones inesperadas.
Pero para que todo esto sobreviva intacto en todos
sus aspectos, necesitamos un compromiso formal más
cercano y más visible de unos con otros, y esto
es algo que no va a parecerse exactamente a nada que
hayamos conocido hasta ahora.
Algunos podrán encontrar que esa opción
futura les resulta poco familiar, y por razones de conciencia
inaceptable. Esa opinión merece respeto. Pero
si vamos a continuar siendo algún tipo de Iglesia
“Católica”, si creemos que tenemos
que responder a algo más amplio que nuestro entorno
inmediato y sus prioridades, y mantenernos en unidad
por una razón mayor que el simple consenso del
momento, tenemos un trabajo muy arduo por delante para
encarnar esto más claramente. Como parte de su
agenda, la próxima Conferencia de Lambeth necesita
considerar este asunto directamente y en su totalidad.
Los diferentes componentes de nuestra herencia pueden,
hasta cierto punto, florecer en forma aislada unos de
otros. Pero priorizar cualquiera de ellos aisladamente,
nos conduciría en definitiva por un camino que
conllevaría a abandonar el anglicanismo histórico.
El componente reformado puede llevar a una forma más
informal de orden ministerial y a un énfasis
más fuerte en una exclusiva autoridad de la Biblia,
sin mediaciones. El componente católico puede
llevar a una alta doctrina de unificación visible
y estructural del ministerio ordenado en torno a una
figura principal. El componente cultural e intelectual
puede llevar a un estilo de vida cristiana orientada
a darle profundidad espiritual a la forma general de
la cultura en detrimento de la revelación y de
la historia.
Cuando se persiguen cada uno de estos componentes con
intensidad y en forma aislada, cada uno de ellos nos
conducirá a una postura diferente, a un Protestantismo
evangélico estricto, o a un Catolicismo Romano
o a un liberalismo religioso. Aceptar que cada uno de
ellos tiene un lugar en la vida de la Iglesia y que
se necesitan unos a otros, significa que los entusiastas
de cada uno de estos componentes tienen que estar preparados
para vivir con ciertas tensiones, e incluso sacrificios.
Que deben saber convivir con la tradición de
ser positivos hacia un enfoque crítico y responsable
de las Escrituras, y también con las anomalías
de un ministerio histórico no reconocido universalmente
en el mundo Católico. Finalmente aceptando que
hay límites al grado de ajuste a la cultura y
a las costumbres que se consideren posibles o aceptables.
Conclusión
La única razón para ser anglicano es
que este balance nos parece saludable para la Iglesia
Católica como un todo, y que ayuda a las personas
a crecer en discernimiento y santidad. Ser anglicano
en la forma que he delineado involucra ciertas concesiones
e incertidumbres, pero al menos provee maneras de compartir
la responsabilidad y tomar decisiones que se mantendrán
y que serán mutuamente inteligibles.
Nadie puede imponer los cambios canónicos y
estructurales que serán necesarios. Todo lo que
he dicho anteriormente debiera dejar en claro que no
es apropiada la idea de que un Arzobispo de Canterbury
resuelva cualesquiera de estos temas por decreto aunque
sea tentador para muchos.
EI Arzobispo de Canterbury preside y convoca a la Comunión
y puede hacer lo que este documento intenta hacer, que
es delinear el marco teológico en el cual un
problema debiera ser encarado, pero debe actuar siempre
colegiadamente con los obispos de su propia Iglesia
Local, con los Primados y con los demás instrumentos
de unidad en la Comunión.
Esta es la razón para que el actual proceso
de evaluar nuestra situación como consecuencia
de la Convención General de ECUSA, sea un proceso
compartido. Sin embargo, es posible para las Iglesias
de la Comunión, decidir que este proceso es en
verdad la expresión de la identidad, la tradición
viva, y por la gracia de Dios el don, que queremos compartir
con el resto del mundo cristiano en las siguientes generaciones.
Aún más importante es, que esta fuera
una manera válida y vital de presentar las Buenas
Noticias de Jesucristo al mundo. Mi esperanza es que,
el período por delante, donde podamos elaborar
una respuesta detallada al trabajo de la Convención
General de ECUSA, donde se explorarán nuevas
estructuras y habrá un mayor reajuste al modelo
de un pacto, renovará nuestra apreciación
positiva de las posibilidades de nuestra herencia, de
modo que podamos proseguir con nuestra misión
con mayor confianza y armonía.
++Rowan Cantuar 2006 |